Segundo fragmento del discurso pronunciado por Robert Spaemann con el título Der Haß des Sarastro (El odio de Sarastro) en la «Conferencia Wiesenthal acerca de las fuentes del odio», en diciembre de 1998, en el Palacio Hofburg de Viena. Publicada por primera vez en: Transit Europäische Revue, nº 16, Frankfurt am Main, 1999. Reproducida en español en Límites: Acerca de la dimensión ética del actuar, capítulo 13
Respuesta al sentimiento de inferioridad
...normalmente el odio no es el sentimiento del poderoso, sino del débil; no del rico, sino del pobre; no de aquél que comete injusticias, sino del que padece la injusticia. Es la agresión contenida del débil. «Ante el esclavo que rompe las cadenas, no ante el hombre libre tiemblo», se dice en un poema de Schiller.
continuación

El odio es en primer lugar y sobre todo un daño a uno mismo, un perjuicio para el desarrollo espiritual personal, muy similar al miedo. Y otra verdad desconcertante es que la violencia puede ser un medio para evitar ese daño a uno mismo. En mi visita de 1962 a Israel, tras unos instantes, sabía casi con seguridad si mi interlocutor había podido luchar en la guerra o no. Si le costaba trabajo hablar con cierta naturalidad con un joven alemán, casi siempre se trataba de alguien que no había podido luchar. La naturalidad con que Hans Jonas celebró su 80 cumpleaños en nuestro círculo en Munich estaba estrechamente ligada al hecho de que marchó con el uniforme de los vencedores sobre el país que muchos años atrás, perseguido, hubo de abandonar. Hace no mucho tiempo un colega checo me comentaba que la crueldad de los checos en la expulsión de los alemanes, a menudo bestial, tendría probablemente mucho que ver con el hecho de que los checos se dejaron invadir por los alemanes sin mostrar resistencia. Naturalmente, en aquel momento la resistencia no tenía sentido y sólo habría servido para cobrarse víctimas inútiles. No obstante, quizás hubiera aminorado la posterior irrupción del odio.
La dificultad de hablar sobre el odio y contra el odio radica en que sobre todo hay que hablar de y a quienes están asustados, humillados, calumniados, oprimidos y discriminados, o lo sienten así y sienten su identidad amenazada. El odio al extranjero tiene su lugar propio no en los barrios residenciales de la clase política, sino en aquellos barrios de los extrarradios donde los niños nativos, ante una mayoría de niños extranjeros, pasan a verse en el papel de minoría. No obstante, también allí donde no hay casi ningún extranjero y, por tanto, no hay ocasión de entablar amistad con ellos. No es la jeunesse dorée la que persigue a los extranjeros, sino los enfants humiliés desempleados.
En todo caso, hay también una frustración particularmente generadora de odio: la envidia. Envidia de las ventajas de otros, aun cuando no sean en absoluto causa de las desventajas propias. La desventaja consiste ahí en el sentimiento de la desigualdad injustificada. Cuando más difícil resulta cambiar esto es cuando se trata de envidia de ser, de odio contra los humanamente superiores. Ese odio se produce también donde la superioridad se da en relación inversa a la jerarquía social. ¡Véase el cuento de Hermann Melville, Billy Budd! (1)
Lo complicado al hablar contra el odio es que hay que predicar e incriminar al que sufre. Pues su odio es malo y no deja de serlo aunque se trate del odio de quien padece una injusticia. La dificultad consiste en que sólo hay una predica que va a la raíz del odio, la predica del amor a los enemigos. Gandhi fue uno de tales predicadores. A lo largo de toda su vida mantuvo que la violencia es mejor que el odio y la cobardía. Pero creía que la no violencia que surge de la superación del odio es superior a la fuerza del odio. Y es porque ningún hombre que odie es feliz, y nadie que sea feliz odia. Hay sólo un mundo de personas felices y un mundo de infelices, se lee en Wittgenstein, «puede decirse que no hay buenos y malos». Si se lograra hacer entender al que odia qué es la felicidad, todo se habría ganado. Pero esto es difícil. A menudo uno no tiene otra opción que defenderse o huir. 
(1) Billy Budd, Sailor es una novela del escritor estadounidense Herman Melville que quedó inconclusa tras su muerte en 1891. Budd es un "apuesto marinero" que golpea e involuntariamente mata a su falso acusador, el maestro de armas John Claggart. El capitán del barco, Edward Vere, reconoce la inocencia de la intención de Budd, pero la ley del motín requiere que condene a Billy a la horca. Extraido de https://en.wikipedia.org/wiki/Billy_Budd
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