¿Hay vidas indignas?
Quisiera hacer a modo de
conclusión una observación sobre el actual debate acerca de la llamada vida
indigna. Según Hoerster los defensores
de la eutanasia se preguntan por el valor que una vida tiene para el propio
hombre que la vive. Se empieza con argumentos
sentimentales y se termina con la brutal eliminación de todos aquellos sobre
los que uno se permite juzgar que su vida no es digna de ser vivida… Hay de hecho
una fluida frontera entre la muerte en bien de la sociedad y la muerte en
función del bienestar del propio enfermo. Si una vez se da libremente muerte a
petición del enfermo, entonces se puede prever que se espera de los hombres
enfermos y ancianos que expresen el deseo de ser matados. Si un enfermo crónico
ve que constituye una carga para los que le rodean y sabe que puede liberarles
de esa carga si desea la muerte y si sabe además que se considera como algo
aceptable expresar un deseo así, entonces el continuar viviendo resultará para
él personalmente algo insoportable y expresará finalmente el deseo de ser
liberado de un horrible sufrimiento. Pero el dolor está causado porque aparece
como algo de lo que él es culpable, porque los otros deben emplear tiempo,
fuerzas y dinero para cuidarle. Sólo es inocente si la expresión de tal deseo o
incluso su cumplimiento, está fuera de toda discusión.
Vivimos en una sociedad
hedonista. Esta sociedad es en potencia terrorista. Hay en ella algo así como
una obligación de ser feliz, una obligación de keep smiling. La visión del dolor, el sufrimiento, la enfermedad,
la deformidad y la muerte aparece como algo insoportable… El dolor no debe
existir. Esta es la máxima más alta. Por tanto, si no se le puede ayudar, podrá
desaparecer el dolor en la medida en que se haga desaparecer al que sufre.
Pero la inconmensurabilidad de
la persona, el hecho de que ella tiene una dignidad y no un valor, significa
que el valor de su vida no puede ser medido según ninguna escala de valores.
Muerte natural y eutanasia
La apelación a la eutanasia se
podía prever desde hace tiempo… como consecuencia de una práctica indigna del
hombre de prolongar la vida de un modo violento. Las posibilidades de la
medicina de alargar la vida se han extendido de un modo tan poderoso, que la
regla anteriormente dotada de significación, de hacer siempre todo lo posible
para mantener a un hombre en vida, carece ya de sentido. La medicina está o
bien para mantener a un organismo en vida de un modo artificial, que asumirá
después otra vez sus funciones vitales, o bien para apoyar al organismo que
todavía tiene en él una tendencia a la vida, precisamente para proteger esa
tendencia.
Se debe aprender y realizar de nuevo una nueva
práctica en la que se deje morir de una manera digna del hombre, en vista de
las nuevas posibilidades técnicas. El médico debe mantener claramente su papel
al servicio de la vida y no puede situarse como señor de la vida y de la muerte.
Las consecuencias prácticas de esta exigencia quedan fuera del tema de este
artículo. Pero la exigencia misma es una consecuencia necesaria del hecho de
que todos los hombres son personas.
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