martes, 11 de julio de 2017

Antítesis natural-artificial

Del libro de Robert Spaemann LO NATURAL Y LO RACIONAL. ENSAYOS DE ANTROPOLOGÍA. Título original: Das Natürliche und das Vernünftige. Aufsatze zur Anthropologie, Piper, München-Zürich, 1987. Traducción: Daniel Innerarity y Javier Olmo. Cuarto ensayo: Lo natural y lo racional.

Doble significado de natural


Dije que la contraposición “natural-sobrenatural” invierte la estructura fenoménicamente mostrada de las antítesis clásicas, en las que la palabra “natural” siempre se refiere al comienzo configurador, más atrás del cual no se puede ir, que abarca lo distinto de él. Estas antítesis se han mostrado hasta ahora como imprescindibles en nuestro uso del lenguaje. Los adjetivos “natural”, “artificial”, “voluntario”, “racional” han mostrado ser mucho más resistentes que los sustantivos en que se basan: “naturaleza”, “arte”, “voluntad”, “razón”. Al examinar estos pares de conceptos llama la atención que la palabra “natural” aparece respectivamente con un doble significado. Una vez es un concepto genético que designa una determinada relación de origen, la otra es un concepto normativo que nombra un criterio para enjuiciar deseos, acciones o estados. 

Aclaremos esto con el ejemplo de la antítesis “natural-artificial”: dientes postizos son los que, a diferencia de los naturales, no han salido por sí mismos. El objetivo de su fabricante es que sean lo más naturales posible, es decir, tan parecidos como sea posible a los que salen por sí mismos. Pero quizá intente hacerlos incluso mejor. Sólo que el modelo para lo que pueda llamarse aquí “mejor” tiene que tomarse de nuevo de la naturaleza, es decir, de la función natural, que es la que nos permite distinguir los dientes buenos de los malos.

¿Son “naturales” los panales de abejas? Lo son en el sentido de que es natural para las abejas construir tales panales. En cambio, son artificiales en el sentido de que no brotan por sí mismos, sino que dependen de una conformación que se imprime desde fuera en el material; por tanto, desde la naturaleza del material mismo es casual. La forma es conveniente desde el punto de vista del interés de las abejas y, más allá de eso, es “formalmente conveniente”, como dijo Kant, por su “conformidad con el concepto de razón”. Pero, visto desde el material del que se basa, ¿no es también toda planta artificial? Pues su plan de construcción depende también de una estructuración del material que no procede de éste mismo, sino de una célula germinal que organiza el material adyacente. La diferencia estriba, sin embargo, en que en esta organización se construye ella misma un sistema, mientras que el producto artificial recibe su estructura desde fuera y sólo para algo diferente.

Cuando Aristóteles escribe: “Si el arte de la construcción naval estuviera en la madera, el barco sería algo natural”, la autoorganización es, para él, el criterio de lo natural. El arte de la construcción naval no está en la madera, pero el arte de curar sí está en el médico que se cura a sí mismo. Aristóteles parece querer decir que el médico que se cura a sí mismo sana por naturaleza. Nos inclinamos a contradecirle. También en el médico hay una diferencia entre que su organismo se cure por sí mismo o mediante la intervención del arte de la medicina que se aprende y se aplica reflexivamente. Aristóteles se habría opuesto a la objeción. La reflexión, dice, no pertenece esencialmente al arte. La prueba de ello es que cuanto más perfectamente domina alguien un arte, tanto menos reflexiona. Llega a ser para él como una segunda naturaleza. Así la contraposición de las palabras “natural” y “artificial” parece ser reducible a la contraposición “desde fuera” y “desde dentro”. Pero definir aquella antítesis por ésta sería dar una definición demasiado vaga. Equipararía la antítesis “natural-artificial” con otra que también fue descubierta por los griegos, la antítesis “natural-violento”.

Para los griegos es violento aquel movimiento que no resulta de la naturaleza de lo movido. La Física ya no conoce esta distinción. Todo movimiento puede ser considerado como resultante de un paralelogramo de fuerzas o como consecuencia del principio de inercia. Sin embargo, continuamos distinguiendo -en el mismo sentido que los antiguos- la muerte violenta de la natural. Para el león que devora al hombre, la causa de esta muerte es natural; para el devorado, la muerte es violenta. La contraposición de lo natural y lo violento presupone siempre una visión teleológica de lo natural, presupone un deseo, un impulso o una voluntad, únicamente con relación al cual puede llamarse a algo “violento”. ¿Pero, no es entonces casi toda muerte, excepto el suicidio, violenta?


Cuando llamamos artificial a un proceso no lo consideramos tanto desde el lado del que lo sufre como desde el del que lo realiza, del que produce un resultado tras una serie de pasos que no se dan por sí mismos, sino que están ordenados tal como lo estarían por naturaleza si ella se propusiera ese resultado. Es decir, la serie de los pasos resulta de algún tipo de principio de economía. Cuanto menos económico, menos artificial. La montaña que está de parto y da a luz un ratón es la metáfora para la falta de arte. En el caso de los resultados alcanzados con una extremada falta de economía fácilmente se sospecha que no se trata en absoluto de resultados intencionados, sino de productos casuales. El buen tirador encuentra rápidamente el blanco. El que no tiene ni idea de disparar gastará muchísimos cartuchos para alcanzar, finalmente, alguna vez el blanco.

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