miércoles, 22 de junio de 2016

Riesgo nuclear

Fragmento de la entrevista de Christian Geyer y Carlos Gebauer a Robert Spaemann para el periódico Die Welt con el título Una crítica a la indiferencia ante la vida. Reproducida en la revista Nuestro Tiempo nº 407, Pamplona, mayo 1988. Traducción: Manuel Rico.

-Profesor Spaemann, tras los últimos accidentes en la industria nuclear han vuelto a renacer con fuerza las voces que proponen el abandono de la energía nuclear. La pregunta, a usted como filósofo, ¿se puede responsabilizar éticamente esa petición de abandono mientras no existan seguras alternativas energéticas?

-Su pregunta sugiere las famosas coacciones implícitas, de las cuales aparentemente no se puede prescindir aunque se quiera. Para adelantarlo rápidamente: estoy muy alejado de posicionarme por el "abandono inmediato o no al abandono inmediato". Cuánto tiempo llevaría el abandono, si realmente se quisiese, no me atrevo a juzgarlo. De todas formas me parece una actitud hipócrita cuando los políticos dicen: "Eso no se puede realizar", y para ello se apoyan en supuestos coacciones implícitas. Mucha gente tiene un conocimiento político extraño cuando sólo se fija en qué puede ser lo mejor bajo las circunstancias dadas. Pero de lo que se trata precisamente es de cambiar las circunstancias bajo las cuales se puede cambiar algo. La pregunta se reduce, a saber si estamos dispuestos a pagar el precio. Yo no digo lo que se puede. Pero si otro dice lo que se puede, yo le diré: intentas engañar a la gente cuando sostienes obligaciones absolutas, cuando en realidad sólo has ponderado posturas enfrentadas y has impuesto tus preferencias.

-La búsqueda de fuentes de energía alternativa ya está en marcha.

-Sí, pero la búsqueda es desesperadamente lenta. Más leal sería investigar con la misma rapidez que se haría si no tuviésemos la energía nuclear. Pero esto es probablemente un sueño, ya que en las formas alternativas de generación de energía existe menos appeal para el investigador. Es, por decirlo de forma algo tosca, más una cuestión para aficionados. Si se quiere obtener un Premio Nobel entonces hay que trabajar con física atómica y no andar de aficionado con alternativas energéticas. Los llamados expertos, por los que se dejan aconsejar los políticos, siempre tendrán una cierta inclinación en aquella dirección, porque les resulta más interesante.

-Se podría llegar a la impresión de que considera usted la energía nuclear un mal en sí, en el cual una ponderación de deberes sea de entrada inadmisible.

-Por supuesto que se puede sopesar este tema, aunque estoy firmemente convencido de que existen áreas donde termina la ponderación. Yo no sostengo que la creación de energía nuclear sea lo que los teólogos morales han llamado un actus intrinsece malus, o sea una acción mala en sí. Pero en la ponderación llego a resultados diferentes de los que nos ofrecen hoy las instancias interesadas.

LOS RIESGOS TIENEN QUE PERMANECER CALCULABLES

-¿Cuáles son realmente sus principales reservas ante la energía nuclear?

-Prescindiendo aquí de las amenazantes consecuencias de unas convicciones corruptas, que nunca podrán ser controladas totalmente, todavía queda como calamidad principal la cuestión de la eliminación de los desechos radioactivos, aunque esto no será un tema candente hasta dentro de cincuenta años o más. Los responsables actúan aquí frívolamente, dicen: "el problema todavía no lo hemos resuelto, pero no hay que preocuparse, seguro que lo resolveremos". Y sin saber exactamente cómo lo van a resolver siguen por el camino emprendido. Me parece, que en cuestiones que encierran en sí tales peligros y que fijan de tal forma a las próximas generaciones, esto es una actitud muy irresponsable.

-¿No han estado los progresos, hasta ahora, muy relacionados con los riesgos? ¿No sucede que una incondicional aspiración de total seguridad nos hubiera retenido en la edad de piedra?

-Los riesgos tienen que permanecer calculables lo que aparentemente aquí no se puede asegurar. No tenemos el derecho de añadir nuevas fuentes de peligro a nuestro planeta, más allá de los riesgos intrínsecos de la naturaleza como los terremotos, los volcanes, los huracanes. No tenemos además el derecho de imponerles a nuestros descendientes, como una realidad invariable, tales fuentes de peligro, sobre todo cuando no sabemos si podrán controlarlas y si más tarde todavía existirán los dispositivos que garanticen la protección ante los fallos en las zonas de peligro. ¿Cómo vamos a saber si dentro de cien años todavía existirá la civilización técnica? No podemos descartar, por ejemplo, que pueda volver una edad de migraciones humanas. Y aunque todas estas visiones sean improbables, nadie puede apostar la vida de otra persona sólo porque las probabilidades de ganar la apuesta sean altas.

-Sus palabras son agua para los molinos de aquellos que, en la R.F.A. aprovechan los fallos en la industria nuclear para crear nuevamente una difusa hostilidad contra la técnica.

-Naturalmente no puedo impedir a nadie que manipule mis palabras en ese sentido. Pero si quisiera descartar toda posibilidad de falsas interpretaciones no podría decir absolutamente nada más. Y entonces tendríamos que interrumpir aquí nuestra conversación, lo que sería una lástima para ambos. Yo tengo una relación muy distanciada frente a las bendiciones de la técnica moderna. Así, por ejemplo, estoy contento cuando el dentista me pone una inyección antes de sacarme el diente. Pero el mito de los últimos doscientos años ha sido que vamos siempre hacia adelante, progresando. El progreso técnico en general, se decía, lleva en cualquier caso a una mejora global de la vida. Imparables marchamos hacia un futuro mejor, y quien se oponga a ello es una mala persona. Estas ideas las considero verdaderamente absurdas.

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