
Lo realmente
perverso se puede observar preferentemente en la visión de quienes encuentran
en esa posibilidad algo especialmente bueno. En los tristemente célebres
simposios Ciba, de los años sesenta, todo esto parecía aún un horizonte lejano,
de suerte que quienes en ellos participaban se manifestaron de manera bastante
imprudente acerca de tales visiones. Según éstas, deberían fabricarse
individuos inteligentes, adaptables a las condiciones de la vida moderna, así
como a las necesidades de posibles viajes interplanetarios, inmunes a toda
enfermedad, pero también individuos que sean genéticamente como "abejas
obreras", naturalezas esclavas que, sintiéndose felices, prestan servicios
considerados inferiores. La objeción de que ningún padre se prestaría a la cría
de tales niños esclavos no se sostiene, pues si alguna vez esa identidad
cualitativa de futuros individuos fuese planificable, tal planificación ya no
se dejaría en manos de los padres, pese a que la profesora Judith Mackay,
perteneciente a la Organización Mundial de la Salud, haya afirmado en Berlín:
"Quien desee descendencia, podrá elegir sus futuros hijos con el color del
pelo o el coeficiente intelectual que desee".
Una sociedad de
gente puramente idéntica a Einstein o a Boris Becker, por poner algún ejemplo,
es tan poco posible como una sociedad que a causa de la tradición o de la moda
pudiera inclinarse preferentemente por producir una descendencia masculina o
femenina. Como ya vio Huxley, sería inevitable una planificación económica de
la biología humana. Sin embargo, en lo referente a la planificación social de
índole global ya tenemos suficiente experiencia, a lo largo de medio siglo, con
lo ocurrido en el ámbito económico con la subordinación a la competencia en los
numerosos intercambios comerciales de los negocios diarios en el
"mercado". Los países que se han prestado a ese gran experimento todavía
necesitarán muchas décadas para recuperarse de sus consecuencias. Pueden
hacerlo, y enmendar los daños, pero en lo relativo a las consecuencias que
atañen a la planificación biológica humana no podrán hacerlo.
Hay que tener en
cuenta, no obstante, que todavía faltan criterios para poder considerar que
verdaderamente se ha avanzado sistemáticamente en las cuestiones acerca de la
genética humana. ¿En qué consiste realmente un individuo ideal? ¿Qué es mejor:
ser más inteligente, o ser más feliz? ¿O más afectuoso, más creativo, más
sobrio, más robusto o más sensible? Basta plantearse la cuestión para enseguida
reconocerla absurda. Además, constituiría una insoportable soberbia por parte
de la generación presente el querer dominar a la generación futura de tal forma
que ésta se deba hasta en sus aspectos más esenciales a las caprichosas
preferencias de sus antecesores. Lamentablemente, la realidad vuelve a
sobrepasar, en este aspecto, nuestras más horribles predicciones. Entre tanto,
la Human Fertilization and Embriology Authority, que vigila en Gran Bretaña el
proceso de la fecundación in vitro, prepara la autorización oficial de la
selección de bebés sordos nacidos de padres sordos, y la destrucción selectiva
de los embriones sanos. La portavoz del Royal Institute for Deaf People aclaró,
a este propósito: "En el caso de que una pareja con sordera se someta a un
tratamiento in vitro y decida tener un hijo sordo, esta elección debe
considerarse lícita y permisible. Nosotros apoyaríamos esta decisión". El
despropósito no parece conocer límite. Naturalmente, cada quien debe algo de su
herencia genética a la preferencia de sus padres. Pero esa preferencia no
afecta directamente a representaciones detalladas acerca de las cualidades
singulares de la descendencia. "No creáis que yo pensaba en vosotros
cuando estaba con vuestra madre", ha dicho Gottfried Benn.
La acción
socializadora sobre los hijos –la educación– presupone su existencia ya
genéticamente determinada. Esa educación no puede programar el futuro según los
deseos de los que viven en el presente. El futuro resulta de lo que los hombres
venideros hagan con lo que reciban en herencia. Pretender prever esto de una
vez, es decir, sustituir la educación por la programada selección del individuo
desde su origen, como propone Sloterdijk, destruiría lo que nos une a nuestros
hijos: la común naturaleza. "Engendrado, no hecho", dice el Credo de
Nicea acerca del Hijo de Dios, lo que también es válido para el origen
individual de todo hombre, incluso de aquellos que no creen en algo así como un
Hijo de Dios.
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Hans Jonas |
Texto completo en arvo.net/embarazo-y-aborto/engendrado-no-hecho/gmx-niv827-con17167.htm
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