martes, 29 de marzo de 2016

¿Personas contra la dignidad humana?

Fragmento de la intervención de Robert Spaemann con el título Engendrado, no hecho en el Congreso Internacional "El embrión humano antes de la implantación. Aspectos científicos y consideraciones bioéticas", que se celebró en el Vaticano, con motivo de la XII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida celebrada el 27 y 28 de febrero de 2006. Traducción de José María Barrio Maestre

Trasladémonos por un momento a la desenfadada anarquía del cenáculo filosófico donde sólo cuenta el argumento. Cabría pensar que tienen razón quienes, como Norbert Hoerster, propagan la idea de renunciar a los derechos humanos y sustituirlos por los derechos de las personas. Por tanto, persona sólo pueden considerarse aquellos seres humanos que satisfacen determinados criterios, por ejemplo, los que poseen la capacidad actual para la autoestima, de tal forma que su dignidad como persona sólo puede ser lesionada mediante acciones que realmente privan al individuo de la autoestima.

Nida-Rümelin entiende por tales no las acciones dirigidas contra la vida humana, sino el escaso "respeto a la forma individual de vida correspondiente, así como los valores, normas y convicciones fundamentales que le son debidos". Ese respeto sólo puede ser dispensado, como es natural, a seres que poseen tales convicciones. Sin embargo, lamentablemente, todo es falso en esta tesis. En primer término salta a la vista que existen seres humanos que son tratados de la forma más humillante y violados de muchas maneras sin que padezca su autoestima. La autoestima de los verdugos nazis del 20 de julio de 1944, presumiblemente sufrió más por su propia conducta represora que la autoestima de sus víctimas.

 No obstante, no deseo insistir en el punto más débil del argumento de Nida-Rümelin. En su favor, renunciaré a hacerlo, y señalaré solamente aquellas acciones que puedan lesionar la dignidad humana y que están en claro contraste con la autoestima de la víctima. Según él, poseen la dignidad humana únicamente quienes son conscientes de ella y, en consecuencia, capaces de autoestima.

 También en los círculos filosóficos existen los protocolos de la "carga de la prueba", o sea, las formas de repartir la obligación de fundamentar las tesis. La tesis de quienes desean sustituir los derechos humanos por el derecho de las personas negando el ser personal a gran parte de la familia humana presenta un lastre argumental considerable, pues contradice la tradición general, no solamente europea, sino también la ética de la Humanidad. Su auténtico presupuesto estriba en afirmar que somos seres humanos y, por ende, acreedores de un reconocimiento de la consiguiente dignidad humana, pues los miembros normales de la familia humana poseen determinadas cualidades como la autoconciencia, la autoconsideración y otras análogas. De ahí se deriva que exclusivamente aquellos individuos poseedores de dichas propiedades tengan derecho a tal respeto o consideración.

 Si esto fuera así, entonces serían dignas de aprecio las cualidades y situaciones que nosotros estimemos, y no las de los portadores, que a veces pueden encontrarse en tales circunstancias y a veces no. El representante más destacado de esa teoría empírica radical, Derek Parfit, sostiene que el individuo que despierta del sueño es una persona distinta de quien se duerme, pues precisamente al dormirse la persona cesa en su existencia. Esto, desde luego, es consecuente con dicha teoría, pero tal consecuencia contraintuitiva únicamente demuestra lo absurdo del supuesto.

 Si somos conscientes de que tenemos hambre, el hambre realmente empieza no con el llegar a tener conciencia de ella, sino con el hambre misma que primeramente era inconsciente, y que después se convierte en hambre auténtica. Análogamente, todos nosotros decimos: "Yo fui concebido en tal fecha, y en tal otra nací después, en tal época y día". Y los hijos preguntan a su madre: "¿Qué pasaba mientras me llevabas dentro?" El pronombre personal "yo" se refiere no a un yo consciente, que en el claustro materno ninguno de nosotros tenía, sino a la vida incipiente del ser humano, que más tarde aprendería a decir "yo" y, a decir verdad, porque otros seres humanos le están diciendo "tú" antes de que pueda él mismo decir "yo". Aunque ese ser no aprendiera nunca a decir "yo" por alguna invalidez, le pertenece el título de hijo, hija, de hermano o hermana en una familia humana, y así, en la familia de la Humanidad, que constituye una comunidad de personas. Únicamente existe un criterio fiable respecto a la personalidad humana: la pertenencia biológica a la familia humana.

Parece complicado, pero basta con poseer la intuición de las personas corrientes para comprender lo que D. Wiggins escribe: "Persona es todo ser viviente que pertenece a una especie cuyos miembros típicos son seres inteligentes, dotados de razón y reflexión, y capacitados de una forma característica por su dotación física para considerarse a sí mismos, en diferentes momentos y lugares, como los únicos individuos pensantes que existen" (Sameness and Substance, Oxford, 1980).

Así las cosas, sobran las especulaciones escolásticas sobre el comienzo temporal de la personalidad. Tomás de Aquino creía en la activación divina, al tercer mes de ser concebido el ser humano, de un alma espiritual e inmortal que se extrae de su estado vegetativo. El Parlamento inglés cree que el feto es persona a los quince días de vida. Todas estas especulaciones devienen ociosas toda vez que el óvulo fecundado contiene el programa genético completo en su DNA. El comienzo de cada uno de nosotros es imprevisible. Es preciso que en el momento oportuno lo que es concebido por seres humanos se desarrolle autónomamente en una figura humana en crecimiento y que pueda contemplarse como "alguien", que no debe ser utilizado como "algo", por ejemplo como almacén de órganos de repuesto simplemente en favor de otros. Aunque ese "alguien" esté enfermo grave o incapacitado. Aun en el caso de aquellos experimentos de congelación que llevaron a cabo los nazis en los campos de concentración, como es sabido, a favor de otros enfermos.

Finalmente Nida-Rümelin quiere tranquilizarnos diciendo que se ha extendido el perverso argumento que predica, y que es válido porque la cuestión de los embriones está abierta, y si no lo hacemos nosotros, otros se beneficiarán de este lucrativo negocio. Tal argumento marca el final de toda ética. También en la naturaleza se produce la muerte violenta de seres humanos, y finalmente todos hemos de morir. ¿Pero nos está permitido, por ello, matar? Nadie es responsable de todo lo que sucede. Responsables somos, más bien, de lo que hacemos.

Texto completo en arvo.net/embarazo-y-aborto/engendrado-no-hecho/gmx-niv827-con17167.htm

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