Fragmento de un texto de Robert Spaemann titulado El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano (Über den Sinn des Leidens) que forma parte del libro Einsprüche, christliche Reden publicado por Einsiedeln en 1977
En las sociedades
primitivas, a las que ciertamente no podemos retornar, pero a las que debemos
referirnos como sustrato de nuestras reflexiones, hay dos figuras relacionadas
con el sufrimiento, que nosotros hemos perdido. En ellas se cuenta con el
sufrimiento que desarrolla su rol, su función. Dicha función hace posible
transformar, hasta cierto punto, el propio sufrimiento en actividad, ya que
cada rol exige del que lo desempeña un cierto rendimiento.
El mendigo, por ejemplo, en
las sociedades primitivas, y aun hoy en bastantes sociedades islámicas, no es
simplemente el socialmente fracasado que debe estar siempre mirando dónde poder
quedarse, sino que desempeña un papel. Dicho papel pide una vestimenta
adecuada, ciertas formalidades que el mendigo debe decir, etc. Lo suyo no es
sólo aceptar lo que le dan, es decir, no ser sólo receptor de la beneficencia
pública, sino que él también tiene algo que dar: el mendigo promete rezar por
aquel que le da algo. De ese modo, la situación de sufrimiento no es para él
una pura condena a la pasividad, como ocurriría entre nosotros con un náufrago
que es sólo objeto de auxilios, sino que él también tiene que representar su
papel con la dignidad que le corresponde.
Algo semejante podríamos
decir de la viuda. Tras ella hay una catástrofe -más intensa aún en las
sociedades primitivas-, pero sobrelleva su nueva existencia, por así decir,
como quien representa su rol. A ese papel le corresponde un determinado ropaje,
e incluso el llanto.
En estos casos, el
sufrimiento no es propiamente algo que no debe suceder, y que si sucede
convierte al paciente en víctima, en objeto pasivo de auxilios. El sufrimiento
está allí previsto. Es posible que alguien pudiera decir: «es mucho mejor una
sociedad que no prevé el sufrimiento, pero que se esfuerza por suprimirlo». De
hecho, vivimos en una sociedad dinámica que, a diferencia de las sociedades
primitivas, tiende a la abolición del sufrimiento. Pero la realidad es que una
tal sociedad, con su creciente actividad, cuando llega al límite más allá del
cual no puede disminuir el sufrimiento, no tiene ya nada más que decir.
Era propio del primitivo
dominio del sufrimiento una particular ritualización de las situaciones
extremas. Nuestra sociedad, sin embargo, es incapaz de hacer algo semejante con
la muerte, que es desviada hacia el anonimato de las clínicas. Cualquier hombre
sabe que puede caer en sus garras en cualquier momento, pero ¡no hablemos de
eso! De hecho, en ningún sitio se habla de ella y, desde luego, de ningún modo
con los moribundos. Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir. Los niños ya no
ven cómo mueren los ancianos; no se enseña a morir, y así la mayor parte de la
gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya propia.
La sociedad primitiva
rodeaba a la muerte de un ceremonial. Morir no significaba en ella verse
forzados a una actitud de pura pasividad: el morir pertenecía a la plena
realización de la sociedad. Allí, el curandero tenía, por su parte, la tarea de
curar a los enfermos con hierbas y conjuros, pero, al mismo tiempo, también
tenían su finalidad los ritos mágicos. Con ellos se realizaba algo. El paciente
formaba parte con su sufrimiento de una actitud dramática.
El contraste con el
curandero lo representa hoy el investigador médico, al que le interesa más la
enfermedad como tal que el enfermo. El médico se sitúa, por decirlo así, entre
el investigador de la Medicina y el curandero. Por una parte, cura de acuerdo
con el nivel de su ciencia y de su propia experiencia médica; por otra parte,
establece con el paciente un contacto personal que suaviza su situación y la
integra en una relación activa. Parece que algo sucede, cuando parece que algo
sucede, es que realmente sucede algo.
La extremada concentración
en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la
eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe
agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo
este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular
sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la
vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella
algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla.
Justamente en este contexto se plantea a su vez la pregunta sobre el sentido
del sufrimiento.
Texto completo: www.aciprensa.com/recursos/el-sentido-del-sufrimiento-406/
Comentado por Ramiro Pellitero en encuentra.com/reflexiones/sobre-el-sentido-del-sufrimiento/
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