domingo, 3 de diciembre de 2017

Obra de arte y naturaleza

Primer fragmento de la conferencia de Robert Spaemann: ¿Qué significa el arte imita la naturaleza? recogido de dspace.unav.es/bitstream/10171/8633/1/REV_2_04.pdf

Asimilados o contrapuestos

Tumba del pintor Raffaello Sanzio
En el Panteón, en Roma, se encuentra la tumba de Rafael. Su breve inscripción, difícil de descifrar, es obra del cardenal Pietro Bembo, célebre humanista, y reza así: “Ille hic est Raphael. Timuit quo sospite vinci /rerum magna parens et moriente mori”. Traducido libremente: ‘Aquí yace Rafael. La gran parturienta de las cosas temió ser vencida por el viviente, por el moribundo temió morir’. La magna rerum parens es la naturaleza y ciertamente la natura naturans; por tanto, no la esencia de todas las cosas, sino aquello que produce todas las cosas no hechas por el hombre. Las creaciones de Rafael eran, así lo presupone el epígrafe, tan buenas, si no mejores que las de la naturaleza. Pues no se puede entender de otro modo por qué la naturaleza teme morir al fallecer Rafael. Si no fuera así uno debería esperar que se alegrara de poder deshacerse de un competidor amenazante.

Hay más implicaciones. Los cuadros de Rafael sólo pueden competir con las creaciones de la naturaleza y ser mejores que éstas si realmente pretenden conseguir algo comparable y, por tanto, poder ser medidas con los mismos criterios. Esto presupone a su vez que la naturaleza realmente quiere algo; pretende una cosa respecto de la cual puede haber una competencia, si bien una competencia que también es algo así como una parte de ella misma, y ciertamente la parte mejor, de modo que su muerte, de alguna manera, es su propia muerte.

Desde que existe la reflexión sobre el arte, se ha afirmado siempre la posibilidad de una comparación de esta índole; es más, se ha considerado esta posibilidad de comparar constitutiva del arte. Si un producto humano tiene arte o no lo tiene y es meramente casual, todo ello debía ser resultado en cierto modo de su similitud con la naturaleza. El arte imita la naturaleza, así se dice de modo lapidario en el diálogo platónico Protagoras, con lo cual, al parecer, se presupone la primacía de la naturaleza. La ley y el arte, como también se dice en el Protagoras, “surgen las dos de la naturaleza o de algo que no es inferior a la naturaleza”. Esto significa, en primer lugar, simplemente que el hombre, que produce obras de arte, no ha sido él mismo creado por el arte, sino que es physei, naturaleza, es decir, un ser natural.

¿No obliga esto a designar sus productos intencionados como naturales? ¿No consideramos ‘naturales’ también los nidos de pájaros o los panales de las abejas? Pero, en este caso, ¿no será naturaleza todo? Si fuese así, el concepto de naturaleza y de lo natural perdería su sentido diferenciador que sólo adquiere en parejas conceptuales polarizadas; así, cuando hablamos de lo natural y lo convencional, de naturaleza y libertad, de lo natural y lo violento, de lo natural y lo razonable, y precisamente también de la naturaleza y del arte, de lo natural y lo artificial ¿Qué es lo que distingue las obras de arte humanas de los panales de abejas y de los nidos de pájaros? O, como observó Demócrito, ¿por qué los hombres al construir casas o al tejer y zurcir son discípulos de los animales y no al revés?

jueves, 9 de noviembre de 2017

Cambio y permanencia

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Ayer, hoy y siempre

(continuación / último fragmento)

En una época en la que el cientificismo y el pensamiento técnico, por un lado, y un racionalismo que se considera a sí mismo místico, por otro, constituyen las dos caras de la moneda de la modernidad, la pretensión de hacer valer un concepto integral de razón suena como a voces de otra galaxia. Y, sin embargo, esas voces han cobrado más actualidad que nunca, no hablan de cosas de ayer, ni de hoy o mañana, sino de lo que siempre es. En una época de rápidos cambios culturales y sociales, lo que siempre es se convierte en algo irreal.
Sólo cuando se toman las amenazas de ese cambio acelerado, comenzamos a darnos cuenta de que nada es más real que lo de siempre y que nada es más real hoy que lo que siempre es importante.

En una conferencia sobre el tema Cambio y permanencia, decía Jonas: «en un momento en que estamos destruyendo todo lo ahistórico que aún queda sobre la tierra obligando a los depositarios de esas calidades que no están sometidas al cambio histórico a entrar en la historia-, haríamos bien en recordar que la historia no es la última palabra de la humanidad». Hans Jonas no ha considerado nunca al historicismo como la última palabra sobre el hombre, ni a la modernidad como algo más que un -aunque importante- episodio. Es pura fantasía pensar que la incesantemente acelerada dinámica del cambio social determinará la vida del homo sapiens durante los próximos 100.000 años, como creer que los hombres del año 5.000 todavía serán hombres modernos. O la humanidad -debido a esa dinámica- es arrojada del camino que su naturaleza le ha trazado (llegando así anticipadamente a su término), o encuentra de nuevo -y, a ser posible, pronto- un equilibrio en el que la historia se detenga relativamente, sin que por ello haya de resultar menos humana.

Nuestro pensamiento no es independiente de lo que experimentamos. Hans Jonas ha experimentado en primera línea la historia universal como una irrupción, como una ruptura de la normalidad de la vida. Jonas no ha eludido esas provocaciones. El camino de quien fuera discípulo de Heidegger y Bultmann parecía trazado para convertirle en un célebre sabio europeo. Hasta hoy, su trabajo de 1934 sobre la gnosis es una obra maestra. Cuando apareció en Alemania con un prólogo de Bultmann, ya había abandonado el autor su patria, aunque sabía muy bien que un hombre que no es ciudadano en ningún lugar tampoco puede asegurar sus derechos como hombre. Jonas marchó en primer lugar a Inglaterra, después a Israel como profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Al estallar la segunda guerra mundial, se alistó como voluntario en el ejército británico. A la vista del intento de la revolución nacional-socialista -la emancipación frente a la cultura clasico-romana y judeo-cristiana de veinte siglos y la extensión de su triunfo sobre el resto de Europa- no se apuntó a las reflexiones antifascistas, sino que tomó parte, sin grandes palabras, en el derrocamiento físico de la barbarie. Su regreso a Alemania tuvo lugar vestido con el uniforme de los vencedores. Yo quisiera destacar la comprensión y la natural amistad con la que Jonas se ha conducido desde entonces en el país de su nacimiento y juventud, teniendo en cuenta las circunstancias de la liberación. La victoria hace tontos, se dice. Pero el pensamiento de Hans Jonas no ha sido nunca el pensamiento de un vencedor.

Como Jonas no había filosofado en la guerra sobre la guerra, tampoco ha ensalzado el heroísmo ni ha denostado la guerra con acciones de paz. Lo que comenzó a ocupar sus reflexiones por aquel tiempo fue la naturaleza de los seres vivos. «Estaba lleno de impaciencia -escribe él mismo- por la tranquilidad de la vida civil que ansiaba después de tanto acontecimiento histórico, para poder elaborar sistemáticamente las ideas que había pensado lejos de los libros». Jonas hizo esto desde 1949 en Canadá y en los Estados Unidos, a donde le llevó su camino después de la guerra, primero en la New School for Social Reserch, cuya magnanimidad para con los emigrantes alemanes tanto agradeció.

Después de mucho tiempo, escribió Das Prinzip Verantwortung, en lengua alemana por primera vez. El tercer tomo sobre la gnosis -que apareció después de la guerra- llevaba la siguiente dedicatoria: «en recuerdo de mi madre. Auschwitz 1942». Lo gris que se vincula a este nombre puede ser hecho conmensurable con la ciencia histórica. Esto acontece hoy. No podía ser de otra manera. Cuando la ciencia comienza a ocuparse de algo, significa que lo somete a la óptica de la comparación. Pero, en realidad, ningún acontecimiento realizado por el hombre es comparable.


Auschwitz
En relación con Auschwitz sentimos inmediatamente esta inconmensurabilidad. Sentimos que aquello que el historiador de profesión hace con un acontecimiento no alcanza el núcleo de la cuestión. Porque éste tiene una dimensión metafísica. Consiste en el sentido del mundo, de aquello que usted ha llamado la paz del reino invisible. «Una sombra de preocupación -nos dice- cubre nuestro mundo. Reclama una reparación, la salvación de la paz del reino invisible. A los que vivimos nos exige un gran esfuerzo para disipar las sombras que tenemos delante y proporcionar así una serenidad de ánimo a quienes vienen detrás de nosotros, devolviendo al mundo invisible a quienes fueron asesinados. y hacemos esto cuando, a la vista de la bomba y de todo cuanto ella simboliza, no dejamos en la estacada a la aventura divina sobre la tierra». 

Ninguno de nosotros tendría el derecho de incluirle a usted, Jonas, en la comunidad de los seres vivos que tiene la obligación de reparar. Que usted mismo lo haga -en la medida en que se incluye, de manera no pretenciosa, cuando habla de «nosotros los seres vivos»- demuestra que conoce el misterio de la paz. Eso le convierte para todos nosotros en un maestro de la paz.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Responsabilidad por la vida

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Unidad individible de los seres vivos

(continuación)

La amenaza que supone para la vida la civilización científico-tecnológica no estriba únicamente en determinados abusos. Tiene algo que ver con un determinado tipo de ciencia y de técnica. Lo específico de la ciencia moderna es la objetivación radical del mundo. Se trataba -como dijo Descartes- de hacer a los hombres dueños y señores de la naturaleza. Dicha objetivación -fuente insustituible de conocimiento e instrumento irrenunciable para la autoafirmación del hombre- no se detiene tampoco frente al hombre mismo y frente a la vida en su totalidad.

Descartes había dividido el mundo en subjetividad, por un lado, y materia, por otro. Con ello había eliminado consecuentemente el concepto de vida como mediación específica entre el pensamiento y la materia. La vida no humana es para él sólo materia. Los animales no son otra cosa que máquinas. La biología moderna se ha organizado en el marco de la nueva ciencia materialista de la naturaleza. Su preocupación no es comprender sino reconstruir la vida, es decir, formular una teoría para la simulación técnica de la vida; una madre, por ejemplo, -cito a un célebre autor- es «como una máquina programada de tal modo que tiene un poder estable para obtener copias del gen propio». * En su extraordinario libro Organismo y libertad, planeado ya durante la guerra, ha puesto Jonas de manifiesto el absurdo total del intento de reconstruirnos a nosotros mismos, nuestros sentimientos y nuestro pensamiento.


Jonas no postula otra ciencia de la naturaleza. La ciencia natural no puede ser distinta de la que hay. Por su propia constitución es materialista. Pero no podemos intentar entendernos a nosotros mismos como los sujetos de esa ciencia. En sus lúcidos análisis, Jonas ha formulado la unidad indivisible de los seres vivos, la unidad de lo interior y lo exterior, y se ha acreditado -mucho antes de que apareciera El principio responsabilidad- como defensor teórico de la normalidad de la vida. Por eso forma parte de los renovadores más importantes de la filosofía de la naturaleza, que no reducen la reflexión sobre la naturaleza a la metodología de las ciencias exactas. Mientras tanto, muchos le han seguido por ese camino. Lo que nos enseña no es nada inaudito. Nos enseña que aquello que todos sabemos no puede ser sustituido por la ciencia ficción.

La reconstrucción científica de la vida consciente es ciencia ficción. Pero sólo puede haber responsabilidad por la vida si la vida es una realidad indivisible. La relación entre la supresión teórica del hombre y la supresión que amenaza físicamente está muy lejos de ser casual. Y tampoco es casual la relación entre los dos libros sistemáticos más importantes de Hans Jonas.

La defensa que Hans Jonas hace de esa normalidad que llamamos vida no tiene nada que ver con el vitalismo de los años treinta, ni con aquel libro fetal que entendía el espíritu como opuesto al alma **, es decir, que pretendía denunciar a la vida. Jonas es, por el contrario, un defensor de la racionalidad. No puede ser irracional poner en primer lugar las condiciones para la supervivencia de los seres racionales sobre la tierra. Y tampoco puede ser irracional defender a la razón misma y a sus pretensiones de alcanzar la verdad contra su desenmascaramiento cientificista. En este sentido, Jonas ha sido siempre un intelectualista. Su crítica al cientificismo es una crítica a una concepción reducida y atrofiada de la razón. Sólo por medio de la razón llega la vida a su plenitud. Claramente lo ha expresado Jonas en su trabajo sobre la gnosis antigua que le proporcionó la cima en el mundo de la cultura. En ese trabajo critica a la gente que se asombra cuando el místico comienza a pensar. Jonas escribe: «como sí el pensamiento mismo no fuese una acción mística (hasta el éxtasis). El intelecto puede ser un órgano místico... así al menos pensaban los antiguos. Sin duda, la convicción fundamental de los antiguos -desde Platón-i no está al alcance de la sofística moderna: que el pensamiento es el acceso al ser y, además, el auténtico acceso al auténtico ser. Y que en el pensamiento el ser es verdaderamente alcanzado».

* frase de Richard Dawkins
**Bhagavad Gita: texto sagrado hinduista

(continúa)

sábado, 28 de octubre de 2017

Limitaciones morales del discurso

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Responsabilidad hacia la vida

(continuación)

Frente a las catástrofes ecológicas que se divisan, no debemos esperar a los resultados de los análisis científicos inequívocos e incuestionables. Hemos de procurar detectar ya las causas probables de tales catástrofes. Los argumentos económicos y políticos no pueden impedir en principio lo que parece necesario. No tenemos derecho a resolver nuestros problemas sociales y económicos a costa de las generaciones futuras. El reino del mundo es el capital que tenemos que administrar fiduciariamente. Podemos vivir de sus rentas pero no podemos tocar el capital básico. A la hybris utópica pertenece también la idea de que podría haber planes globales que se hicieran cargo de todos los efectos secundarios de las acciones de gran alcance. Cuanto mayor sea la planificación, mayores serán las consecuencias imprevisibles. Lo pequeño no es sólo hermoso; es también -cada vez más- lo único responsable desde el punto de vista de la capacidad de controlar y corregir las consecuencias.

La ética de la responsabilidad de Hans Jonas no es sólo una provocación frente a la ética tradicional de la producción del derecho, de la concepción técnica de la ética que la entiende como estrategia de optimación; es también una provocación frente a esa ética cultivada sobre todo en Alemania durante los últimos decenios que gira en torno al concepto de discurso y compromiso de intereses entre hablantes que argumentan racionalmente. La discusión pública es un elemento importante de una vida lograda, pero no es la fuente de las obligaciones morales, es el consenso un criterio de verdad. La idea de que esto pudiera ser así deriva, a su vez, de la idea de que la realidad se nos presenta tan débilmente que sólo consiste propiamente en las opiniones que tenemos de ella. Pero las condiciones de supervivencia de la humanidad sobre la tierra no están sujetas a votación. Son como son. Y además, nadie tiene un acceso privilegiado a su conocimiento. Debemos discutir y alcanzar un acuerdo sobre ellas.

Pero sí, por imprudencia, nos ponemos de acuerdo sobre algo que es falso, lo que queda es lo falso. Sólo que serán otros los que paguen las consecuencias, otros que no han podido participar en nuestras discusiones y que ya no tomarán parte en ellas. Los discursos son tan mortales como quienes en ellos participan. La responsabilidad en relación con aquellos otros -y no el reconocimiento mutuo entre quienes somos contemporáneos- es por tanto, como demuestra Jonas, el paradigma fundamental de la moral: la responsabilidad hacia la vida con la que entro en relación, la vida que me ha sido encomendada o la vida que resulta afectada por mi actuación.

Como modelo de obligación moral, Jonas describe ese requerimiento inmediato que se dirige a nuestra acción cuando divisamos a un niño sin ayuda. Este niño pequeño no es ningún participante en un discurso. Pero proteger su vida, facilitársela, ayudarle, hacer posible que el futuro sea un participante en el discurso, es la obligación que se nos hace inmediatamente patente en su mirada. O esto es así, o no existen en absoluto obligaciones morales. No puede hablar de responsabilidad quien no se alarme profundamente ante el hecho de que en uno de los países más ricos del mundo, cada año 200.000 niños no nacidos son arrancados del seno materno y arrojados al cubo de la basura.

(continúa)

sábado, 21 de octubre de 2017

Responsabilidad medioambiental

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Cuidar el entorno

(continuación)

Pienso que la defensa de la normalidad de la vida no puede consistir para Jonas en un mero retorno a la moralidad simple. La moralidad es el valor humano de las acciones de los hombres, la acción responsable. Donde el alcance de esta acción se ha ampliado, también es mayor la responsabilidad. Esta se ha convertido en una responsabilidad respecto de las consecuencias globales acumuladas de la acción humana, en una responsabilidad por la naturaleza en su conjunto.


No sólo por el futuro del hombre. Jonas critica el antropocentrismo que supone considerar a todos los seres como ambiente del hombre. Se trata de un naturalismo incompatible con la dignidad humana. Para todo animal el mundo es sólo su ambiente. Pero, ¿por qué nos entristece precisamente a nosotros la amenaza de desaparición de elefantes, ballenas o mariposas, mientras que nuestra desaparición dejaría sin cuidado a los elefantes, ballenas y mariposas? El hombre es retrato vivo de Dios, Señor de la Creación, precisamente porque tiene responsabilidad respecto de aquellos seres distintos de uno mismo y de sus iguales, respecto del reino de la Creación. Para bien o para mal, su acción se extiende a todo lo que está sobre la tierra. ¿Conseguirá esto -se pregunta Jonas- despertar por primera vez un ethos de la responsabilidad en relación con el futuro del mundo en su conjunto, con las generaciones futuras, un ethos que hasta ahora solamente lo hubo en la forma de un ethos familiar particular? Al ethos de la familia pertenece, sin duda, este pensamiento: a mis hijos les debe ir mejor. Como Jonas defiende convincentemente, no puede haber una responsabilidad global correspondiente -la responsabilidad por un mundo mejor- mientras determinadas regiones del mundo en las que domina el hambre se vean obligadas a renunciar a la idea de mejorar. Y nosotros, por nuestra parte -con el pretexto de mejorar- nos atribuimos demasiada tutela y disposición sobre las generaciones futuras mediante decisiones de carácter irreversible. Tan importante es para la humanidad europea y americana no considerar su estándar de vida como una capacidad de posesión ilimitada, como no sugerir esta utopía al resto del mundo.


Jonas advierte que precisamente la idea de esta estrategia de optimación se opone a la idea de evitar lo peor. Nunca ha tenido tanta validez como hoy en día aquello de que lo mejor es enemigo de lo bueno. El principio responsabilidad está consciente y expresamente enfrentado al principio esperanza. En el futuro, el principio que guíe la acción terrena del hombre no debe ser la esperanza, sino el cuidado y la preocupación. Esto no significa miedo ante el propio destino. El pánico es un mal consejero. Procede más bien de la razón y de la responsabilidad moral para provocarnos un temor que, tan alejado del miedo como de la esperanza, no es otra cosa que la respuesta emocional proporcionada al peligro real que amenaza a la vida sobre la tierra.

La consecuencia práctica de este temor debe ser lo que se denominó tutiorismo*  en el lenguaje de la teología moral durante el siglo XVII, un nuevo tutiorismo. Esto significa que en lugar del principio moderno en la duda por la libertad, debe ser hoy modificado el peso de la prueba: en la duda por la vida. En lo que se refiere a la amenaza de daños irreversibles y a gran escala contra la vida sobre la tierra, debe preferirse lo no dañino. Esto tiene consecuencias muy concretas.


(continúa)

* Tutiorismo o tuciorismo: es una doctrina moral por la cual hay que seguir siempre la opción más segura o cercana a la ley, aunque la opción opuesta también sea probable. El término deriva de la palabra latina tutior (más seguro).

domingo, 15 de octubre de 2017

Límites del progreso

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Superando utopías (II)

(continuación)

Hans Jonas ha llamado la atención... con más insistencia y claridad que nadie. La utopía, el intento de superar radicalmente la normalidad de la conditio humana, conduce a la destrucción de la vida que es condición de esa normalidad.


El crecimiento exponencial ilimitado, la superación definitiva de la escasez, fue el presupuesto común de las ideologías tecnocráticas y de las ideologías de la emancipación radical. Los panegíricos marxistas de una naturaleza administrada y de una naturaleza del hombre al final también administrada, lo único que hicieron fue llevar hasta el final esa utopía que, como señala Jonas, está asentada estructuralmente en la civilización científico-técnica: la transformación de la realidad en ciencia ficción. Con ello se hace al hombre utópico, en el sentido originario de la palabra, es decir, sin lugar, en la medida en que se le arranca del nicho ecológico en el que todo ser vivo está asentado. 


Jonas ha puesto de manifiesto lo perverso de este utópico optimismo, sin dejarse confundir con el argumento de que no podemos retroceder a Neandertal, a la esclavitud o a las operaciones sin anestesia. No es necesario negar que en muchos aspectos ha mejorado la situación del hombre sobre la tierra -y que todavía muchos esperan los frutos de esta mejora- para poder decir al mismo tiempo que el progreso en singular es un mito, que cada progreso -por separado- debe ser puesto en relación responsable con el precio que exige y que, mientras tanto, el progreso técnico-científico se encuentra desorientado desde hace mucho tiempo bajo la ley de una utilidad marginal decreciente.


Goethe
En su célebre libro El principio responsabilidad, ha llamado Jonas la atención sobre la crisis que ha sufrido la normalidad de la vida bajo tales circunstancias. Quizá sea Goethe quien mejor ha formulado aquel principio en sus versos: «ocúpate de hacer bien lo tuyo, que todo lo demás saldrá solo». Hoy esto ya no es correcto. El alcance del poder humano se ha hecho tan amplio que lo demás ya no sale solo. La naturaleza ya no es un poder omnicomprensivo, dentro de la cual nos movamos sin poderla trastocar en su totalidad. Nuestro conocimiento de las consecuencias acumuladas de la acción humana nos ha conferido la responsabilidad de prever ese efecto acumulativo. En este sentido, la normalidad ha disminuido hoy radicalmente.

Hans Jonas critica la ingenuidad de creer que, en estas circunstancias, podría salvarse dicha normalidad con una moralidad simple. Pero tampoco prescribe la utopía, el mito moderno del progreso indefinido en singular. A este mito le basta, ciertamente, su propia crítica. Toda transformación del sistema social se apoya en la naturaleza humana como fundamento, cuyas condiciones de supervivencia no son modificables arbitrariamente.

Las formas más recientes de la tecnología -especialmente la tecnología genética- han propagado la creencia de que es posible elaborar la naturaleza misma del hombre, ya sea para hacerla más resistente, más humana o más sobrehumana. Pero, ¿qué significa esto? La razón, la moralidad, la humanidad, la cultura, son los modos en los que una determinada forma de vida -la del hombre- alcanza su plenitud. No disponemos de ninguna medida para saber cuándo debería ser modificada esa naturaleza para seguir siendo humana, para ser más humana o sobrehumana. Todas las medidas son nuestras medidas. En un interesante artículo de sus Encrucijadas, ha sacado Jonas todas las consecuencias de esta idea. Clonar hombres, es decir, producir gemelos monocigóticos a partir de determinados padres muy selectos. Jonas ha pensado hasta el detalle las consecuencias deshumanizadoras de este proyecto. No en vano está recogido este artículo en un volumen con el título Clonemos al hombre, en analogía consciente con las palabras de Dios en el Génesis: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Todavía no podemos clonar al hombre. Pero el ataque contra la forma temporal del hombre acaba de comenzar: la sustitución de la reproducción por un revuelto a mano en la probeta, en correspondencia con las palabras del aprendiz Wagner en el Fausto: «esta moda de engendrar la declaramos una vana estupidez».
(continúa)

sábado, 7 de octubre de 2017

La paz ante la realidad

Robert Spaemann: Discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas. Publicado en la Revista Nuestro Tiempo, número 238, año 1988 con el título  UNA ÉTICA CONTRA LA CIENCIA FICCIÓN. Traducción: Daniel Innerarity.

Superando utopías (I)

En el discurso de Laudatio por la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes en su edición de 1987 al filósofo alemán Hans Jonas, se señalan los principales hitos de su vida y las claves más relevantes de su pensamiento. Su principal obra -El principio responsabilidad- es una reflexión sobre el poder de la técnica y las obligaciones que encierra. 

Si la concesión del Premio de la Paz de los Editores Alemanes dependiera de la frecuencia con que el autor usa la palabra paz, no sería Hans Jonas candidato a este premio. Jonas no ha participado en esa retórica de la paz que ha tenido lugar en nuestro país durante los últimos años, una retórica que ha convertido la difícil reflexión acerca de los pasos que deben darse para asegurar la paz en una disputa de convicciones. Como si el mantenimiento de la paz fuera más una cuestión de buena voluntad que de arte político, y como si el uso de un vocabulario confuso fuera una demostración de la validez de las propias opiniones y debiera imponer el silencio a todos los que tienen alguna duda.

En Europa, de hecho, ningún hombre razonable quiere algo que sólo pueda alcanzarse al precio de una tercera guerra mundial. Y aunque por ello tampoco se ha despejado completamente el peligro de una guerra semejante, nunca ha considerado Jonas como tarea del filósofo socorrer al político mediante consejos detallados acerca de la prevención de la guerra. Incluso ha llamado la atención sobre el hecho de que la guerra atómica no es en absoluto la amenaza contra la paz más difícil de superar, de esa paz en la que se basa toda la vida humana en esta tierra y sin la cual -según palabras de San Agustín- ni siquiera podría darse una guerra. Pues incluso la guerra -así lo dice San Agustín en el libro XIX de La ciudad de Dios- «es llevada a cabo por seres que poseen una naturaleza. Pero esto significa que la existencia del hombre se apoya en una cierta paz. Quien sufre en su naturaleza por la paz perdida, sufre en la medida en que hay un cierto resto de paz en él que le recuerda que su naturaleza todavía es su amiga».

La paz de la que aquí se habla es evidentemente otra palabra para designar la vida, la normalidad no distorsionada de la vida. El hecho de que Hans Jonas -cuyo primer libro, por cierto, estaba dedicado a San Agustín- reciba hoy el premio de la paz, pone de manifiesto que crece la conciencia de la amenaza frente a esa paz fundamental, la amenaza frente a esa normalidad fundamental que llamamos vida. Sobre ello han llamado ya otros la atención, unos con tono patético, otros con una exactitud científicamente documentada. Pero nadie hasta ahora ha analizado, la dimensión profunda de esta amenaza con mayor claridad y precisión, y menos patetismo que Hans Jonas. Sobre todo, Jonas ha desarrollado sistemáticamente por primera vez los principios éticos que se derivan de esta visión.

El filósofo a quien hoy homenajeamos fascina a sus contemporáneos no por un nuevo paradigma de alcance universal, ni tampoco por una brillante paradoja o por haber suscitado esperanzas hasta ahora no escuchadas. Si algo destaca en este pensador es su indiferencia ante lo interesante u original, en favor de lo verdadero y provechoso. El hecho de que un filósofo con estas características -y con una prosa sin maquillaje y sin pretensiones- sea elevado al punto central del interés y la aprobación pública, es la señal de un cambio.

La palabra cambio es utilizada a menudo en un sentido político que ha sido satirizado con razón. Pero en este caso indica un proceso real de la cultura contemporánea. El momento clave de este cambio fue el estallido de la primera crisis del petróleo, el suceso cultural más importante de la postguerra. En aquel momento comenzaron a derrumbarse utopías de trescientos años, concretamente de aquellas utopías que habían extendido la opinión de que llegaba a su fin el principio de realidad y la hybris * empezaba a ser un valor positivo. Dichos comunes con siglos de edad -como el de que «los árboles no crecen en el cielo»- habían perdido su validez. Pero al intento de hacer crecer a los árboles en el cielo siguió inmediatamente la muerte de los árboles. Hans Jonas ha llamado la atención sobre ello con más insistencia y claridad que nadie. La utopía, el intento de superar radicalmente la normalidad de la conditio humana, conduce a la destrucción de la vida que es condición de esa normalidad.

(continúa)

*Hybris: La hibris (en griego antiguo ὕβρις hýbris) es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’. No hace referencia a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres mortales y terrenales. (es.wikipedia.org/wiki/Hibris)