La amistad es un regalo libre y
una libre elección. Es el centro de toda ética, pues en ella se torna evidente
la benevolencia, que es, por su parte, la base de cualquier exigencia de
justicia.
Reconocer a alguien como sujeto
capaz de reivindicar derechos significa, de algún modo, amarlo con amor de
benevolencia.
Más allá de la amistad, comienza
el campo de la ética normativa, el ámbito de los deberes de justicia.
Para los seres vivos finitos, la
benevolencia, que tiene una índole universal, debe distribuirse en una
estructura que se corresponda tanto con la finitud de su perspectiva, cuanto
con la de sus objetos. Es lo que San Agustín (1) denominó ordo amoris. Cada
cual tiene su propio lugar en el ordo amoris del otro.
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Agustín de Hipona |
La universalidad de la razón nos
permite entender claramente que no podamos ser tan importantes para nadie como
lo somos para nosotros mismos. Sin embargo tenemos derecho a no ser
considerados por ningún ser humano como un nadie. En cuanto estemos afectados
por las acciones de los demás somos sujetos de un legítimo derecho de
justificación.
Precisamente porque puedo
relativizar mis propios intereses, porque soy capaz de una forma de
benevolencia fundamental, tengo derecho a ser objeto de consideraciones
razonables siempre que se vean afectados mis intereses.
De tres maneras nos podemos ver
afectados por las acciones de los demás: como respuesta a una acción nuestra,
como consecuencia del odio que alguien nos profesa o por la influencia que las
acciones de otros pueden tener sobre nosotros.
*Ver Robert Spaemann: Felicidad y
benevolencia (1989) - Ediciones Rialp (1991) – Ordo amoris. I. Página 169
(1) Julian Betancourt Valadez y Marco Mendez: San Agustin de Hipona, "El deseo,la voluntad y el amor" (nous-siglo-xxi.blogspot.com.es/p/pipi.html)

…
Agustín
resume así el ordo amoris: A todo hombre
en cuanto hombre se le debe amar
por Dios y a Dios por sí mismo. Y
como Dios debe ser amado más que todos los hombres, cada uno debe amar a Dios más que a sí mismo. También se debe amar
a otro hombre más que a nuestro cuerpo...todas las cosas se han de amar por
Dios (San Agustín, Doctr. christ., I,XXVII,28)
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