
La benevolencia vale para todo ente como algo único e inconmensurable. Sin embargo, en el momento mismo de empezar a obrar, el benevolente debe, como ser finito, producir conmensurabilidad y relativizar aquello con lo que se encuentra, pues como agente es esencialmente infinito.
El obrar es selectivo. El agente debe someter a sus «puntos de vista» todo aquello con lo que se encuentra: no lo deja ser, sino que se interfiere en ello y lo transforma bajo perspectivas finitas y con consecuencias también finitas. El agente ordena unas cosas al servicio de otras, distingue ciertas consecuencias como fines y reduce las demás a la condición de consecuencias complementarias o costes.


El choque entre la apertura al infinito, a la que nos lleva la benevolencia, con las limitaciones propias de finitud del ser humano abre el camino a tratar del ordo amoris como aplicación práctica de la benevolencia.
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